Publicado: 2025-05-16

Aunque habitualmente definimos la psicología como el estudio de la cognición y el comportamiento, este enfoque adolece de un dualismo mente–cerebro que fragmenta el objeto de estudio y refuerza explicaciones separadas de lo mental y lo neural (Pérez-Álvarez, 2018). No basta con describir respuestas observables ni procesos internos aislados, pues la intencionalidad y los productos conductuales requieren teorías que integren ambos niveles (Bueno, 2016); además, es preciso considerar la conducta como fenómeno relacional y práctico, donde las acciones “mentales” emergen en prácticas sociales y no como entidades privadas en el individuo (Ribes-Iñesta, 2019). De este modo, mi propuesta es entender la psicología como ciencia que articula procesos básicos y comportamientos intencionales en contextos relacionales, superando reduccionismos y fortaleciendo su rigor empírico.
No es correcto equiparar la investigación científica con el “rigor filosófico”, pues la práctica científica se basa en protocolos empíricos, replicabilidad y validación estadística que trascienden los marcos lógicos abstractos (Mayo, 2000); además, las teorías filosóficas de la evidencia suelen ofrecer conceptos demasiado generales y a priori, por lo que los científicos las ignoran en favor de evidencia verificada empíricamente (Achinstein, 2000).
No basta con cuestionar la validez causal de llamar “uno de los grandes problemas” a la psicología; lo verdaderamente crítico es que la disciplina psicológica no cuenta con un objeto de estudio claramente definido. Como enfatiza Ribes-Iñesta (2019):
“La psicología es la única disciplina científica, o propuesta de disciplina, que carece de consenso respecto de su objeto de conocimiento y que, a la vez, como consecuencia de ello, presenta una demarcación confusa, más no borrosa, respecto de las disciplinas científicas que considera limítrofes” (p. 464).
Esta indefinición no es un detalle menor, sino que impide construir un marco teórico sólido y un lenguaje técnico unívoco, pues el campo se apoya en fenómenos del lenguaje ordinario sin un universo fenomenológico propio. Por ello, aunque no podamos “probar” causalmente que sea un gran problema, su repercusión en la coherencia y autonomía científica de la psicología es indudable.
No conviene tomar la palabra “verdadero” en sentido literal, sino como una metáfora que realza la potencia de una idea o la intención tras una pregunta. Lo peligroso no es la pregunta en sí, sino cómo los seres humanos usan las preguntas: pueden abrir nuevos caminos al conocimiento o generar consecuencias imprevisibles, según la reflexión y el contexto desplegados.
Finalmente, que una pregunta genere frutos, como un árbol en primavera, depende del terreno donde caiga, de la disposición del oyente, del contexto del diálogo y del modo en que se acoja la reflexión. Así, el valor de una pregunta no reside en su forma, sino en la posibilidad de transformación que encierra (Lorente, 2017).
Referencias
- Achinstein, P. (2000). Why philosophical theories of evidence are (and ought to be) ignored by scientists. Philosophy of Science, 67(S3), S180-S192.
- Bueno, R. (2016). La conducta intencional y el lado naturalista de la psicología. Cátedra Villarreal - Psicología, 1(1). Recuperado a partir de https://revistas.unfv.edu.pe/CVFP/article/view/121
- Lorente, A. P. (2017). El poder, las humanidades y el poder de las humanidades. Quién: revista de filosofía personalista, (5), 61-87.
- Mayo, D. G. (2000). Experimental practice and an error statistical account of evidence. Philosophy of Science, 67(S3), S193-S207.
- Pérez-Álvarez, M. (2018). Thinking psychology beyond the mind and the brain: A trans-theoretical approach. Papeles del Psicólogo / Psychologist Papers, 39(3), 161–173. https://doi.org/10.23923/pap.psicol2018.2875
- Ribes-Iñesta, E. (2019). El objeto de la psicología como ciencia: relación sin “cuerpo-sustancia”. Acta Comportamentalia, 27(4), 463–480.